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jueves, 22 de octubre de 2020

viernes, 28 de octubre de 2016

jueves, 6 de mayo de 2010

BAUTISMO


















jueves, 25 de junio de 2009

GANAR ALMAS PARA CRISTO

"¡Que tu mayor anhelo sea ganar almas para Cristo! Que la bondad de Cristo sea reflejado en nuestro carácter. Este lugar, esta ciudad, este país necesita conocer a Cristo. No tenemos tiempo que perder en discusiones y críticas inutiles, enemistándonos entre nosotros. Tenemos que trabajar para Cristo. En estos precisos momentos, hay personas que están muriendo sin conocer a Jesucristo. No perdamos el tiempo en lo pequeño y en las críticas. Tenemos una gran obra que hacer. Los que trabajan fervorozamente, no tienen tiempo para hablar mal de los demás. Oremos por la unidad de la iglesia, que fue la preocupación y la oración del Señor Jesús en S. Juan 17. Oremos por la unidad de los matrimonios.Que tengamos hogares cristianos que reflejen a Cristo en la vecindad."

lunes, 18 de agosto de 2008

TE AMARE PARA SIEMPRE

Puede un Dios santo pasar por alto nuestras faltas?
¿Puede un Dios amable castigar nuestras faltas?
Desde nuestra perspectiva, hay solo dos soluciones igualmente inapelables. Pero desde su perspectiva, hay una tercera. Esta se llama «la Cruz de Cristo».
La cruz. ¿Puedes dirigir la mirada a cualquiera parte sin ver una? Encaramada en lo alto de una capilla. Esculpida en una lápida en el cementerio. Tallada en un anillo o suspendida de una cadena. La cruz es el símbolo universal del Cristianismo. Extraña decisión, ¿no crees? Extraño que un instrumento de tortura llegara a representar un movimiento de esperanza. Los símbolos de otras religiones son más optimistas: la estrella de seis puntas de David, la luna en cuarto creciente del Islam, una flor de loto del Budismo. ¿Pero una cruz para el Cristianismo? ¿Un instrumento de ejecución?
¿Te pondrías una pequeña silla eléctrica en el cuello? ¿Suspenderías una horca de oro plateado en la muralla? ¿Imprimirías una foto de un pelotón de fusilamiento en una tarjeta de negocios? Pero eso es lo que nosotros hacemos con la cruz. Muchos incluso hacen la señal de la cruz cuando oran. ¿Por qué no hacer la señal de la guillotina? En lugar de la señal triangular que la gente se hace en la frente y en el pecho, ¿por qué no un golpe de karate en la palma de la mano? ¿No vendría a ser lo mismo?
¿Por qué es la cruz el símbolo de nuestra fe? Para hallar la respuesta no hay que ir más allá de la misma cruz. Su diseño no podría ser más sencillo. Un madero horizontal y el otro vertical. Uno mirando hacia fuera, como el amor de Dios. El otro hacia arriba, como lo hace la santidad de Dios. Uno representa la anchura de su amor; el otro refleja la altura de su santidad. La cruz es la intersección. La cruz es donde Dios perdonó a sus hijos sin rebajar sus estándares.
¿Cómo pudo hacer tal cosa? En una frase: Dios puso nuestros pecados sobre su Hijo y los castigó allí.
«Dios puso lo malo sobre quien nunca hizo lo malo para que así nosotros pudiéramos aparecer como justos ante Dios» ( 2 Corintios 5.21 ).
O como se traduce en alguna parte: «¡Cristo nunca pecó! Pero Dios lo trató como a un pecador, para que así Cristo pudiera hacernos aceptables a Dios».
Visualiza el momento. Dios en su trono. Tú en la tierra. Y entre tú y Dios, suspendido entre tú y el cielo está Cristo sobre su cruz. Tus pecados han sido puestos sobre Jesús. Dios, que castiga el pecado, libera su justa ira sobre tus faltas. Jesús recibe el estallido. Como Cristo está entre tú y Dios, no estás tú. El pecado es castigado, pero tú estás a salvo, a salvo a la sombra de la cruz.
Esto es lo que hizo Dios, ¿pero por qué? ¿Por qué lo hizo? ¿Cuestión moral? ¿Obligación celestial? ¿Exigencia paternal? No. Dios no tiene que hacer nada.
Pero, pensemos en lo que hizo. Dio a su Hijo. Su único Hijo. ¿Harías tú tal cosa? ¿Ofrecerías la vida de tu hijo por la de alguna otra persona? Yo no. Hay algunos por los cuales yo daría mi vida. Pero pídeme que haga una lista de personas por las cuales mataría a mi hija, y el papel se quedaría en blanco. No necesitaría un bolígrafo. La lista no tendría nombres.
Pero la lista de Dios contiene los nombres de cada persona que ha vivido . Porque tal es el alcance de su amor. Y esta es la razón de ser de la cruz. Él ama al mundo.
«Porque de tal manera amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito» ( Juan 3.16 ).
Tan cierto como que el destello central proclama la santidad de Dios, el destello de la cruz proclama su amor. Y, oh, qué gran alcance tiene su amor.
¿No te alegra que los siguientes versículos no digan:
«Porque de tal manera amó Dios a los ricos…»?
O, «Porque de tal manera amó Dios a los famosos…»?
O, «Porque de tal manera amó Dios a los delgados…»?
Pero no dice así. Ni tampoco dice: «Porque de tal manera amó a los europeos o a los africanos…» «el sobrio o el triunfador…» «el joven o el viejo…»
No, cuando leemos Juan 3.16 , sencilla y felizmente leemos, «Porque de tal manera amó Dios al mundo».
¿Cuán ancho es el amor de Dios? Suficientemente ancho como para cubrir todo el mundo. ¿Estás tú incluido en el mundo? Si lo estás, entonces estás incluido en el amor de Dios.
Qué bueno es estar incluidos. Pero no siempre es así. Las universidades te excluyen si no eres lo suficientemente inteligente. El mundo de los negocios te excluye si no estás lo suficientemente calificado y, lamentablemente, algunas iglesias te excluyen si no eres lo suficientemente bueno.
Pero aunque estas instancias te puedan excluir, Cristo te incluye. Cuando se le pidió que describiera la anchura de su amor, Él extendió una mano a la derecha y la otra a la izquierda y se las clavaron estando en esa posición para que tú pudieras saber que Él murió amándote.
¿Pero no tiene esto un límite? Seguramente el amor de Dios tiene que tener un fin. ¿No te parece? Pero David el adúltero nunca lo encontró. Pablo el asesino nunca lo encontró. Pedro el mentiroso nunca lo encontró. En sus respectivas experiencias, ellos llegaron a tocar fondo. Pero en cuanto al amor de Dios, nunca ocurrió tal cosa.
Ellos, como tú, encontraron sus nombres en la lista de amor de Dios. Y sin duda puedes estar seguro que Aquel que los puso allí sabe cómo pronunciarlos. (Por Max Lucado)

lunes, 5 de marzo de 2007

DIEZ RAZONES POR LAS QUE CREO EN DIOS



En el principio Dios..." (Génesis 1:1). Sobre ese terreno se establece mi ser, mi esperanza y mi destino. Sin ese sólido fundamento de creencia en Dios la vida estaría vacía. Para algunos resulta difícil creer en un Dios viviente y personal. Otros consideran extraño poder establecer una relación profunda y significativa con Dios. Yo no. Para mí, Dios es real, y tan real como podría desearlo, para ser guiado, corregido o dirigido por el camino de la vida. Siguiendo esta reflexión sobre mi fe en Dios, he pensado en por lo menos diez razones conducentes al sostenimiento de esta convicción.

1. Yo creo en Dios por la gran belleza que la mayor parte de la naturaleza aún exhibe. La belleza de la naturaleza no emana necesariamente de una interpretación evolucionista. La naturaleza habla de un diseño que contempla la inclusión de la belleza como parte integrante de su propósito.

2. Yo creo en Dios por el orden, la complejidad y la complementación existente en la naturaleza. La mayor parte de la naturaleza funciona bien en conjunto y parece que una parte ha sido hecha para la otra, como un gigantesco rompecabezas. Ello revela la existencia de un diseño que responde a un propósito previo, sin lugar para el azar como alternativa.

3. Yo creo en Dios por las numerosas formas por las cuales la ecología, lo circundante, la ubicación y los movimientos de nuestro planeta asisten con precisión a las necesidades de la vida en la tierra, dentro de sus muy estrechos límites. Esto nuevamente se asemeja mucho más al resultado de un diseño previo que al azar.

4. Yo creo en Dios por causa de gente como Albert Schweitzer, Madre Teresa e innumerables millones de sacrificados seres humanos. Las vidas e impulsos altruistas contradicen el acertó evolucionista de la "sobrevivencia del más apto". Hay testigos sacrificados de la existencia de una bondadosa y amante presencia en el mundo y el universo: una presencia con influencia sobre mucha gente que afectuosa y generosamente ayuda a otros, alejándose de sus propios intereses personales. No hay beneficio evolucionista que pueda inspirar a hacer algo así.

5. Yo creo en Dios por los buenos rasgos de carácter que mucha gente todavía posee a pesar de las fuertes influencias negativas. Me refiero a cualidades como honestidad, generosidad, perdón, consideración, tolerancia, equilibrio, paciencia, determinación, atención al despreciado y otras más. Nosotros admiramos todas esas cualidades porque ellas son, en efecto, cualidades divinas modeladas en nosotros por Dios. La mayoría de ellas son contrarias al principio evolucionista de acuerdo con el cual el hombre para el hombre es un lobo. Desde luego, muchos no creyentes poseen un excelente carácter, pero ¿no es esta otra manifestación de la influencia no reconocida de Dios en el mundo?

6. Yo creo en Dios porque numerosas personas, incluso yo mismo, hemos experimentado en muchas ocasiones la protección providencial contra peligros y hemos tenido la satisfacción de ver vidas transformadas para el bien, prosperando sobre todo imprevisto, aun en circunstancias extremadamente adversas. Dios, quien creó las leyes naturales, no es esclavo de las mismas. El puede ciertamente hacer excepciones. Eso es lo que llamamos "milagro".
Yo creo que Dios está listo para proteger, guiar y bendecir a aquellos que creen en él y están dispuestos a obedecerlo. Por supuesto, hay quienes se consideran a sí mismos tan sofisticados o independientes que no pueden aceptar someterse ante el Ser Supremo. ¿Pero significa ello que no puede ser cierto?

7. Yo creo en Dios porque docenas de estudios científicos serios han demostrado que los creyentes dedicados disfrutan de numerosas ventajas sobre creyentes nominales o no creyentes. Los cristianos devotos son más felices, saludables, generalmente más prósperos y longevos, y evitan mucho mejor diversas patologías sociales que los creyentes nominales o los no creyentes. Yo creo en Dios no para conseguir tales beneficios. Con o sin ellos, puedo percibir el efecto positivo de creer en Dios en mi vida, mis pensamientos y mis acciones.

8. Yo creo en Dios por los destructivos efectos de la falta de relación con él, como resulta evidente en individuos y sociedades enteras. Estos efectos incluyen falta de propósito en la vida, decaimiento moral, crimen, dependencia química, y un mayor deterioro de la sociedad en general.

9. Yo creo en Dios porque otra alternativa no conduce a lo que es bueno y feliz en la vida humana. La razón por sí sola no es confiable y las más brillantes mentes humanas no pueden ser creíbles a la hora de producir sistemas de pensamiento constructivo. Por ejemplo, ¡Platón quería sustituir la familia por el estado! Entre otros "iluminados" pensadores, filósofos más recientes como Nietzsche, proponen un "superhombre" moralmente libre. Sartre y Heidegger promovieron el existencialismo, cuya posición atea lleva al aquí y ahora, a no ser para la desesperación y la falta de sentido de la existencia. Todo esto demuestra que el pensamiento humano sin orientación no es confiable. En ocasiones, esto ha dado lugar a escandalosas distorsiones y los más temibles errores, aún de los filósofos más profundos.

10. Yo creo en Dios el Creador, porque la teoría alternativa de los orígenes —o la evolución— está llena de anomalías lógicas y huecos informativos. Considera lo siguiente:
Mientras hay evidencia de microevolución en la naturaleza, es decir, cambios que incluyen adaptación al ambiente dentro de la misma clase de organismos, no hay evidencia que los organismos abandonados a su suerte se vuelvan más complejos y sofisticados. Parecería que se diera lo opuesto. Incluso las mutaciones pueden revertirse a sus previas entidades de origen.

No hay evidencia de que organismos de una clase puedan volverse organismos de otra clase superior, tanto gradual como súbitamente. Hasta ahora no se han podido exhumar fósiles intermedios confiables. Por el contrario, los registros fósiles muestran distintas especies con pocos o ninguno de los así llamados intermedios.

En cuanto al "equilibrio puntual"—hipótesis que propone que los cambios rápidos ocurren en lugares aislados para que luego se produzca la diseminación—, no se ha logrado respaldar por evidencia alguna, como tampoco se han podido encontrar esos lugares. Esto suena más a una caprichosa explicación por falta de evidencia proveniente de los fósiles, que una aplicación del método científico.

Las complejidades extremas de la célula, la mente humana, el ácido desóxido ribonucleico (ADR), e incluso los más simples aminoácidos, sencillamente no podrían crecer al azar, aún si se les concediera ilimitados eones de tiempo. Este "milagro del azar" así propuesto, es el deseo del pensamiento de quienes rechazan la idea del diseño inteligente. La posibilidad estadística de que cualquier cosa como esta acontezca es tan extremadamente pequeña que resulta imposible para cualquier propósito práctico. Cediéndole todo el tiempo del universo, un fuerte viento soplando sobre un desarmadero no podría ensamblar un Boeing 747. Ni tampoco lo lograría un cerebro humano o un código genético que simplemente "emerja" como resultado de la interacción de fuerzas naturales dispuestas al azar.

Resumiendo estos breves comentarios sobre la teoría de la evolución, resulta claro que la gente que no está decidida a insistir en que la existencia de Dios está fuera de toda discusión, podría encontrar más lógica, basada en la evidencia —o en la falta de ella— en la posibilidad de creer en un Diseñador Inteligente que en aquella teoría deficiente. La creencia en Dios no es necesariamente un recurso para mentes perezosas. Luego de pesar los pro y los contra de ambas partes, es más lógico ver una Mente Inteligente actuando en el universo que aceptar el castillo de naipes "científico" de la evolución.

Las previas diez razones me parecen más que suficientes para aceptar la idea del Diseñador Inteligente —un Diseñador Inteligente y Amante: Dios. Aunque no puedo probar que Dios existe, por todo lo expuesto concluyo que él debe existir y por lo tanto, no puedo resistir su amor, su guía y su plan para mi vida.
Autor: Héctor Hammerly

martes, 6 de febrero de 2007

EL AMOR MÁS GRANDE

Hace muchos años, vivían en Francia dos hombres que eran muy buenos amigos. Pasó el tiempo y uno fue condenado a prisión por el gobierno. Se le encontró culpable y fue sentenciado a muerte. El amigo del preso no se había olvidado de él. Obtuvo permiso para visitarlo en su celda. Mientras se hallaba solo con él, cambió las vestiduras que llevaba por las del preso y tomó también su lugar en la celda. Así el condenado escapó de la prisión y logró su libertad. Al día siguiente, el amigo fue ejecutado, mientras que el ex-preso huyó del país. Había obtenido su libertad porque su amigo lo amó tanto como para tomar su lugar y morir en vez de él, de modo que no tuviese que pagar la pena de su crimen. Del mismo modo, Jesús dejó las gloriosas cortes celestiales y descendió a esta cárcel del pecado, para tomar nuestro lugar, porque nos amaba en gran manera. Murió para librarnos de la penalidad del pecado, lo cual es la muerte. Al ver a Jesús morir por ti ¿puedes rechazarlo como tu Salvador? El hizo todo por salvarte. Pagó el precio de tu pecado y de tu rebeldía. ¿Tendrá que ser en vano su muerte? Ábrele hoy mismo tu corazón, déjale entrar y acepta el sacrificio que hizo por ti.

Si analizamos las inquietudes y fuéramos a la raíz de las ansiedades que acongojan al ser humano, con seguridad descubriríamos que todos necesitamos mucho más que aquello por lo cual generalmente nos afanamos. Jesucristo ha puesto en el corazón de los hombres un intenso anhelo por él mismo, que solo será satisfecho por completo, cuando establezcamos primeramente una íntima relación con El, la que nos pondrá en condiciones de recibirlo cuando El venga a la tierra, de acuerdo a la promesa que nos hizo cuando vino a morir por nuestros pecados. Estas son las palabras que le añaden una nueva perspectiva a nuestra vida, y nos dan seguridad con respecto al futuro: “No se turbe vuestro corazón, creéis en Dios, creed también en mí… voy pues a preparar lugar para vosotros, y si me fuere… vendré otra vez y os tomaré a mí mismo para que donde yo estoy, vosotros también estéis” (San Juan 14: 1-3). Fuimos creados para encontrar en Dios nuestro mayor gozo.

Nada mejor que las Sagradas Escrituras, la Biblia, para ayudarnos a encontrar el camino que conduce a Dios; ella es la única que tiene la orientación que necesitamos, a fin de estar preparados para la venida de Cristo. En sus inspiradas páginas se nos dice que todos hemos pecado y, en consecuencia, estamos destituidos de la gloria de Dios, pero afortunadamente se nos asegura que “si confesamos nuestras faltas, El es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:9).

Con el sublime sacrificio de Cristo en el calvario, el cielo dio todo lo que tenía a fin de asegurar un rescate completo para ti. Imagínate por unos instantes a Cristo clavado en la cruz, gimiendo por el dolor que significó para Él, cargar con el peso de todos nuestros pecados. La respuesta a tu arrepentimiento es su perdón; confía en sus méritos vicarios y serás salvo sea cual fuere tu pasado. Contemplando esta imagen, ¿sientes ya deseos de hablar con Dios, para agradecerle por tan maravillosa muestra de amor? Si deseas expresarle a Jesús tu gratitud por lo que ha hecho por ti, mediante la oración, ábrele tu corazón como lo haces con tu mejor amigo; al abrirle las ventanas de tu alma, ésta será refrigerada por el Espíritu Santo, que es el que nos insta a buscar el perdón de Dios mediante Jesucristo, porque “en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hechos 4:12). “Porque hay un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre” (1 Timoteo 2:5).

La inmortalidad prometida al ser humano, a condición de que obedeciera, se perdió por la transgresión, y “la muerte así pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron” (Romanos 5:12). Dios es “el único que tiene inmortalidad” (1 Timoteo 6:16). Jesús comparó la muerte con el dormir al decir: “Nuestro amigo Lázaro duerme… pero Jesús decía esto de la muerte” (S. Juan 11:11,13). Dormir se caracteriza por un estado de inconciencia. Pero la promesa y bendita esperanza es que los que descendieron al sepulcro creyendo en Dios, resucitarán en la segunda venida de Cristo, como está escrito: “Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, así traerá también con Jesús a los que durmieron en El… porque el mismo Señor con voz de mando, con voz de arcángel y con trompeta de Dios descenderá del cielo y los muertos en Cristo resucitarán primero” (1Tes. 4:13-16). Por ello, la segunda venida de Cristo será el acontecimiento más glorioso de la historia. Sí, el Señor vendrá pronto. Más ahora, la Biblia declara que “los muertos nada saben” (Eclesiastes 9:5), y que “No alabarán los muertos a Jehová, ni cuantos descienden al silencio” (Salmos 115:17).

¿Cómo es Dios? “Dios es amor” (1 Juan 4:8), “está escrito en cada capullo de flor que se abre, y en cada tallo de la naciente hierba. Los hermosos pájaros que llenan el aire con sus alegres trinos, las flores exquisitamente matizadas con sus delicados colores perfuman el aire, los frondosos árboles del bosque con su hermoso follaje de viviente verdor, todos testifican del tierno y paternal cuidado de nuestro Dios y de su deseo de hacer felices a sus hijos…” (Elena de White, El Camino a Cristo). El amor es la cualidad principal del carácter de Dios; su carácter es amor. Siempre que los seres humanos manifiestan amor hacia otro ser humano, es porque Dios está obrando en sus corazones mediante el Espíritu Santo. La fuente de la compasión es Dios.

“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su único Hijo, para que todo aquel que en El crea, no se pierda, más tenga vida eterna” (S. Juan 3:16). El núcleo del evangelio no es lo que se debe hacer, sino lo que ha sido hecho. Siendo “justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús” (Romanos 3:24). No necesitamos ser ya buenos para ser salvos; necesitamos ser salvos para ser buenos. No somos salvos por la fe y las obras, sino por la fe viva en Jesucristo que obra por el amor. La justificación por la fe, constituye una experiencia y no una teoría. La obediencia es un regalo, porque la fe es un don, y la obediencia es el fruto de una relación de fe y amor con Jesús.

“Luego ¿por la fe invalidamos la ley? ¡De ninguna manera! Más bien, confirmamos la ley” (Romanos 3:31). La ley de Dios es la santidad dada a conocer, es el secreto para ser feliz y vivir una vida en paz con Dios y con nuestros semejantes. Es un código de principios que expresan misericordia, bondad y amor. Presenta el carácter de Dios ante la humanidad caída y declara llanamente todo el deber del hombre. “Pero el que no olvida lo que oye, sino que se fija atentamente en la ley perfecta, que es la ley que nos trae libertad, y permanece firme cumpliendo lo que ella manda, será feliz en lo que hace”. “Ustedes deben hablar y portarse como quienes van a ser juzgados por la ley que nos trae libertad” (Santiago 1:25; 2:12). No puede haber ley mayor que el amor. El amor abarca todo deber que tenemos hacia Dios y hacia el mundo que nos rodea. Si tenemos amor supremo a Dios, haremos todo lo que Dios ordena. Si amamos a otros, no haremos nada que vaya en contra de los mejores intereses de ellos. En el cielo, la ley de los ángeles es la ley del amor. Ellos no necesitan otra ley, porque cada pensamiento y acto es siempre, y solamente, movido por el amor. En nuestro caso, sin embargo, eso no es lo normal. En nuestras relaciones con Dios y con los demás, los detalles del bien y del mal necesitan ser puestos delante de nosotros con más detalles. La explicación de cómo expresar el verdadero amor, necesita detallarse. Por eso Dios dio los Diez Mandamientos, donde los cuatro primeros señalan como manifestar el verdadero amor y deberes hacia Dios, y los últimos seis, nuestro amor y deberes hacia nuestro prójimo (Éxodo 20).

Pon tu confianza en el Dios de la Biblia, el libro inmortal, bebe cada día del agua purísima que emana de sus páginas y encontrarás a Jesús, tu Salvador, que te espera y te acepta tal como eres, y te ama con un amor sin igual... ¡EL AMOR MÁS GRANDE!