lunes, 7 de julio de 2025
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sábado, 9 de julio de 2022
domingo, 18 de noviembre de 2018
martes, 14 de febrero de 2017
domingo, 30 de octubre de 2016
lunes, 16 de diciembre de 2013
Video de un milagro: buzos encuentran a un superviviente 3 días despues.
Parece casi un milagro, o una película de terror o una película de terror que acaba con un milagro. El vídeo del rescate de Harrison Odjegba, un cocinero nigeriano de un barco carguero que se hundió en el océano Atlántico, se ha convertido en un éxito mundial tras ser colgado en una popular web de vídeos. Odjegba consiguió sobrevivir durante tres días a 100 metros de profundidad por una inusual bolsa de aire que se creó en el camarote. Allí, el cocinero nigeriano, se mantuvo milagrosamente vivo durante 72 horas. Fue entonces cuando un grupo de buzos que bajaron a rescatar los cuerpos muertos le encontró para sorpresa de todos. No le quedaba mucho tiempo de oxígeno, estaba a punto de morir congelado y tomo una sola Coca Cola en tres días. En la sorprendente escena captada por las cámaras se ve como aparece una mano en la pantalla. Todo hace indicar que se trata de otro de los fallecidos, los buzos ya habían sacado cuatro cadáveres. El buzo se acerca para agarrarla cuando es su mano la que es cogida. "¡La mano le agarró!", explica con exclamaciones a la agencia AP Tony Walker, gerente de la empresa holandesa que practicaba el rescate. En un primer momento la exclamación fue de terror, pero luego se escucha: "¿Qué es eso? ¡Está vivo!". Para todos fue un shock, un momento terrible de miedo. Para el buzo que estaba allí entre cuerpos, para el cocinero que no sabía lo que estaba pasando y para nosotros que de pronto vimos una mano en la pantalla", explica Walker. Nadie se explica aún, las imágenes se han difundido ahora pero los hechos son de hace seis meses, como el cocinero consiguió sobrevivir, algo que no consiguieron los otros 11 ocupantes del barco Jacson 4. Estaba en calzoncillos, cerca de congelarse y sólo recitaba unos salmos que le había enviado su mujer por el móvil: "Oh Dios, por tu nombre, sálvame. El señor sostiene mi vida...".
sábado, 25 de diciembre de 2010
jueves, 14 de octubre de 2010
miércoles, 1 de septiembre de 2010
lunes, 23 de agosto de 2010
lunes, 26 de abril de 2010
domingo, 7 de marzo de 2010
jueves, 18 de febrero de 2010
MIS METAS SIGUEN SIENDO LAS MISMAS
Daniela llegó a las 20:55 en su camioneta Ford Escape acompañada de su padre el doctor Cristián García Bruce. Cerca de 200 personas llegaron hasta la iglesia para acompañar a Daniela en uno de los momentos más felices de su vida. Entre los invitados se encontraba hasta el propio rector de la Universidad Católica, Pedro Pablo Rosso.
La ceremonia duró menos de una hora. Cuando Daniela y Max salieron del templo les lanzaron pétalos de flores mientras de fondo se escuchó la canción Limón y Sal, de la mexicana Julieta Venegas.
"Cuando sufrí el accidente tuve mucho susto de que termináramos... No tenía ninguna obligación de quedarse junto a mí. Pero lo hizo incluso en momentos en los que ni yo quería estar conmigo", le dedicó Daniela a Max en su libro. Sin embargo, se casó con la persona que, durante este largo proceso de recuperación, ha sido su más fiel acompañante.
Así fue. Pese al accidente, Strube estuvo al lado de Daniela en todo momento. Fue su escolta fiel durante sus contadas apariciones públicas. Luego de ocho años de noviazgo y tras el difícil accidente de Daniela, la pareja se convirtió en marido y mujer.
Daniela García ejerce como doctora en rehabilitación en la Unidad de Medicina Física y Rehabilitación del Hospital de la Universidad de Chile, donde realiza interconsultas ya que cursó su especialidad en Fisiatría.
Sería fabuloso que no fuera inédito, o que no ocurrieran accidentes de esta naturaleza, sería mejor, pero ya que suceden, es hermoso observar cómo alguien no necesita elementos externos para lograrlo, sólo su propio ímpetu, su propia fuerza. Y tal como el fisiatra que atendió a Daniela le dijo "Tu vida va a ser lo que tú quieras hacer de ella" es una frase que podríamos internalizar, es decir, esforzarnos cada día por ser mejores, romper los esquemas y entender que ser mejores no es una tarea difícil, sólo bastan las ganas...
martes, 16 de febrero de 2010
LA HISTORIA DE UNA CHICA QUE ELIGIÓ VIVIR
Una joven se sobrepuso al trauma causado por un terrible accidente. “Esta es una historia feliz”, dice.

Camina con confianza, por los pasillos del Instituto de Rehabilitación Infantil, en Santiago de Chile, a pesar de una leve renguera. En esta ciudad de seis millones de habitantes, incluso en toda la Nación, la conocen muy bien con apenas sus 27 años de edad. Daniela García es autora del éxito de ventas “Elegí vivir”, y se niega a ser reconocida sólo como “la chica que sufrió el terrible accidente”. Ni le gusta que describan lo que le ocurrió como una tragedia. “Esta es una historia feliz”, dice.
No le molesta que sus jóvenes pacientes, muchos de los cuales padecen discapacidades importantes o enfermedades como distrofia muscular, la miren fijamente con curiosidad. Sabe que su condición significa que ellos también tendrán que encontrar su propio valor y resistencia, a medida que su vida se desenvuelva. Ni le importa que le pregunten, con la natural franqueza de los niños: “¿Por qué rengueas? ¿Por qué tienes ganchos en vez de manos?”. “Me gusta. Crea un vínculo entre nosotros”, dice ella.
Hasta el 30 de octubre de 2002, Daniela García llevó la vida cómoda y despreocupada, de una joven educada en el seno de una familia de la clase alta y culta de Chile. Excelente estudiante con altas calificaciones, le encantaba la biología e ingresó en la Facultad de Medicina de la PUC. En la última semana de ese octubre, Daniela tenía 22 años y cursaba el último mes de su cuarto año. Tenía un novio formal desde hacía cuatro años, Ricardo Strube, un joven buen mozo y atlético.
Por ese tiempo, se acercaban los calurosos días del verano y estaban a punto de iniciarse los exámenes finales. También era la época de los Juegos Inter-Escuelas de Medicina, tradición competitiva anual en la que participan casi todos los estudiantes de medicina del país. Ese año se iba a realizar en Temuco, ciudad de 260.000 habitantes, situada a unos 250 km al sur de Santiago. Pero ella no estaba segura de querer asistir. Le preocupaba un próximo examen de Dermatología, una de sus mejores amigas no iría, y el viaje hasta allí era caro e implicaba unas cuantas horas en tren, y de noche. Además tenía un extraño y desagradable presentimiento respecto del viaje.
Durante varios días sus compañeros le insistieron en que los acompañara: necesitaban su habilidad de futbolista en el equipo. Por fin cedió. Sin embargo, cuando llegó a la estación central del ferrocarril aquel miércoles por la noche, su miedo sólo aumentó. El sistema nacionalizado de ferrocarriles había dispuesto trenes adicionales, con vagones viejos. A Daniela no le gustaba cómo se veían las ventanillas sucias y la pintura descascarada. Calmate, se dijo. El ferrocarril es seguro.
Cuando el tren empezó a dirigirse hacia el sur, los estudiantes sacaron guitarras y empezaron a cantar y a bailar. “Bailá con nosotros”, le pidieron con insistencia unos amigos. Pero esa noche no tenía ganas. Se quedó sentada y trató de mirar el paisaje. A eso de las 10, poco más de una hora después del inicio del viaje, dos amigos le pidieron que los acompañara a otros vagones para ver si conocían a algunos de los estudiantes a bordo. Mientras caminaban de un vagón a otro, un amigo iba delante y otro detrás de ella. Las luces de techo estaban fundidas y era difícil ver. Daniela no sabía que no estaba en su lugar la pasarela que normalmente cubre los huecos entre los acoplamientos de los vagones. El tren entró en una larga curva y la brecha se ensanchó aún más.
Daniela dio un paso y sintió que caía al vacío. Los amigos de Daniela notaron que de pronto había desaparecido. Un pasajero que fumaba al lado dijo, “¡Oigan, esa chica se acaba de caer!”.
Daniela tuvo la sensación de que tiraban de ella de un lado a otro. Luego, como si despertara de un sueño desorientador, se encontró en medio de las vías en una noche oscura.
No sentía dolor, pero tenía sangre que brotaba de una lastimadura pequeña y profunda sobre el ojo izquierdo. Movió la mano izquierda para retirar el pelo de los ojos. No pasó nada. Lo intentó de nuevo, y nada. Desconcertada, levantó la cabeza y miró: no estaba su mano izquierda. Luego miró el otro brazo y el horror aumentó: también estaban cercenados la mano y el antebrazo derechos. Las heridas abiertas sangraban intensamente. Intentó moverse y una oleada de dolor le traspasó el cuerpo.
A Daniela no le gusta recordar lo que vio a continuación. Tenía la pierna izquierda amputada entre la cadera y la rodilla. Le faltaba una parte de la pierna derecha. Era casi insoportable ver que tenía las cuatro extremidades afectadas.
Se dio cuenta de que podría pasar otro tren en cualquier momento. Tenía que apartarse de las vías y conseguir ayuda cuanto antes, o moriría. De alguna manera, a pesar de las lesiones masivas y el dolor, logró levantar la espalda y separarse de las vías dándose vuelta. Sin embargo, ya no pudo moverse más. Empezó a gritar: “¡Ayúdenme! ¡Por favor, ayúdenme!”. Por casualidad, en ese momento, Ricardo Morales, un trabajador rural, paseaba por allí, escuchó el grito y corrió hacia ella.
“No te muevas. Buscaré ayuda”, dijo asustado. Corrió al teléfono público que había en la estación de servicio. Cuando vio a Morales y escuchó su voz, Daniela sintió la primera oleada de esperanza; sin embargo, mientras esperaba a que volviera, empezó a desvanecerse. No debo perder la fe, se dijo.
Los Servicios de Emergencia de Rancagua enviaron una ambulancia en 4 minutos. El paramédico Víctor Solís no abrigaba mucha esperanza de que encontraran a la víctima con vida. Cuando llegaron la chica gemía. A pesar de haber perdido una enorme cantidad de sangre, Daniela permanecía lúcida. Incluso empezó a recitar su nombre, el de sus padres, sus números telefónicos y los de sus tíos. “¡Shhh! Guarde silencio. Mantenga la calma”, dijo el médico. Los demás llegaron corriendo por las vías con una camilla rígida y más equipo.
“¿Está muerta?”, preguntaron. "¿Estoy muerta?", se preguntó Daniela. No, no podía ser.
“¡No estoy muerta!” gritó Daniela, y su fuerza sobresaltó a los médicos.
El equipo trabajó con celeridad; sobre todo detuvieron las hemorragias en cada miembro. En eso oyeron un retumbar y sintieron vibrar las vías: venía otro tren. Quedarse con ella sería arriesgado, pero tampoco tenían tiempo para sacarla de allí.
“Se acerca un tren”, le comunicó Solís. “Tenemos que irnos. Regresaremos de inmediato”.
“¡No me dejen!”, gritó Daniela, mientras el equipo se ponía a salvo justo a tiempo.
Daniela sintió el estremecimiento y el golpe del viento cuando el tren pasó casi por encima de ella. Le parecía que nunca terminaría de pasar. A un costado, sin poder verla, Solís también tuvo la impresión de que el tren era infinito. En cuanto terminó, corrieron de nuevo al lado de la chica, y vieron con alivio que había sobrevivido. La subieron a la ambulancia y llegaron al hospital rápidamente. A todas las personas que veía, ella les preguntaba: “¿Voy a estar bien?”. Recién en un ascensor, camino al quirófano para operar sus extremidades cercenadas, un doctor le contesto con tranquilidad: “Vas a estar perfectamente”. Por primera vez desde el accidente, Daniela pudo por fin tranquilizarse. Hice todo lo que pude. Está en las manos de los médicos, pensó. Ahora sólo deseaba descansar. Cerró los ojos.
El llamado telefónico de Rancagua al hogar de los García llegó un poco después de las 11 de la noche. El hospital se negaba a proporcionarles detalles, pero les dijeron que debían acudir de inmediato. Llegaron luego de un viaje que tardó una hora.
Mientras tanto Ricardo, el novio de Daniela, recibió un llamado de unos amigos que iban en el tren. Cuando Daniela desapareció, algunos intentaron detener el tren, le dijeron, pero el personal no creía que alguien pudiera haberse caído. Un familiar lo llevó al hospital donde se unió a la familia.
A los días Daniela fue trasladada a Santiago. Pasó seis semanas en el hospital con visitas diarias de Ricardo, la familia y amigos. Lo más difícil de la curación fue manejar el dolor y las sensaciones fantasmas de sus extremidades cercenadas. Con el tiempo, por medio de la meditación y el reiki —terapia japonesa que pretende manipular los campos energéticos del organismo— aprendió a atenuar y controlar las respuestas nerviosas la mayor parte del tiempo.
El padre de Daniela buscó el mejor lugar que pudiera proveerle prótesis a su hija y ofrecerle la extensa rehabilitación que requeriría. Optó por el famoso Instituto de Rehabilitación Moss, de la Universidad Albert Einstein, en las afueras de Filadelfia, Pensilvania. Daniela llegó un nevado sábado de febrero para una estancia de seis semanas. Todos los días trabajaba con un equipo de para aprender a caminar, alimentarse y llevar a cabo otras actividades de la vida cotidiana con extremidades artificiales.
Daniela estableció un vínculo especial con el jefe de la unidad, el doctor Alberto Esquenazi. No sólo hablaba español, sino que había perdido la mano derecha en una explosión de laboratorio. En su lugar había un gancho plateado que usaba con toda naturalidad. Eso le daba esperanza.
Apenas cuatro días después de llegar y dos después de que el equipo de prótesis le tomara medidas, vio su primer par de piernas artificiales. Cuando le sujetaron una pierna y la fisioterapeuta María Lucas la ayudó a ponerse en posición vertical, sintió pura alegría. Por primera vez desde el accidente, pudo mirar a otra persona a los ojos. Lloró de felicidad. Tenía mucha fortaleza y determinación.
Logró avances extraordinarios, y pronto aprendió la técnica de usar los músculos de la espalda, conectados a cables, para abrir y cerrar los ganchos de las manos. Al poco tiempo sostenía y manipulaba objetos. Se volvió tan experta que pudo aplicarse hábilmente el maquillaje de los ojos y tejer. Con todo, el equipo se preocupó ante la posibilidad de que estuviera al borde de una crisis. Se mostraba demasiado optimista. Sin embargo ya allí ella se dio cuenta de que las cosas jamás volverían a ser igual que antes, y a veces le corrían las lágrimas al verse obligada a aceptar esa realidad.
El doctor le dijo: “Siempre vas a extrañar tus manos. Nada de lo que hagamos aquí remplazará jamás lo que perdiste. Sin embargo, tenés opciones. Podés esconderte en un rincón y jamás salir, o podés aceptar el desafío y aprender a hacer tu mejor esfuerzo con lo que tenés”. Daniela sabía que tenía razón y a pesar de sus momentos de tristeza, se entregó con todas sus fuerzas a la fisioterapia.
Ella decidió aferrarse a las palabras de Esquenazi: “Tu vida será lo que hagas con ella”.
Después de seis semanas en el Instituto Moss, voló a Santiago con su familia. Ricardo la esperaba en el aeropuerto. La vio por primera vez cuando se dirigía hacia él con sus nuevas prótesis, y su característica sonrisa enorme y entusiasta. Fue un encuentro jubiloso, y las dudas respecto a si podía permanecer a su lado se borraron por completo.
Unos cuantos meses después, Daniela regresó a Moss por otro período, para afinar sus prótesis y aprender a manejar un auto nuevamente. Tuvo un momento de intensa alegría cuando aprendió el delicado equilibrio de andar en bicicleta con sus miembros artificiales.
Casi al año exacto de su accidente volvió a ingresar en la Facultad de Medicina, decidida a no aceptar ningún trato especial y a prosperar o a fracasar de acuerdo con sus propias habilidades. Sería una especialista en rehabilitación, como el doctor Esquenazi. Con compromiso logró mejores calificaciones que nunca, y con el tiempo se convirtió en la primera médica amputada cuadrilateral en el mundo.
En noviembre de 2003, tras un episodio en el cual gracias a su presencia, un programa de televisión logró recaudar los fondos necesarios para niños enfermos, Daniela decidió que aunque no fuera escritora, quería narrar su historia a su manera. Poco a poco, redactando breves pasajes en sus ratos libres, relató los detalles del accidente y de su rehabilitación, apretando letra por letra en su computadora. Una mañana despertó con la compulsión de que tenía que terminar el libro. No estaba segura de que se lo publicarían, pero deseaba intentarlo. Se asombró cuando la renombrada casa editorial Random House adquirió los derechos. La primera edición de “Elegí vivir” se agotó rápidamente. Para el 2008 se encontraba en su decimocuarta edición. Ella se había convertido en un personaje muy conocido y en una sensación literaria.
Ahora personas a todo lo largo de Chile le envían cartas para decirle cómo su historia las ha inspirado y les ha infundido valor para encarar los retos de su propia vida, para aprovecharla al máximo independientemente de lo que les depare el destino, para buscar la felicidad. Daniela guarda todas las cartas en un baúl especial, su baúl de la felicidad. “Escribí el libro porque me resultó terapéutico. Me ayudó a aliviarme. No sabía que ayudaría a tantas otras personas y eso es muy especial para mí”.
Ahora nota que es poco lo que no puede hacer. Unas perillas especiales en el volante le permiten manejar su camioneta. Le gusta pasear en bicicleta. Adora cocinar. Incluso puede sentir en cierta forma con sus ganchos, como cuando palpa un abultamiento debajo de la piel de sus pacientes.
“Es una sensación distinta. No es realmente sentir, pero percibo algo. Los seres humanos tienen la capacidad de compensar y el cerebro aprende a interpretar la información. No puedo explicarlo, pero realmente siento con los ganchos”.
Su relación con Ricardo ha ido viento en popa. En marzo de 2007, después de que la pareja hiciera un viaje a Europa, él le propuso matrimonio. Lo había planeado desde hacía meses. “Para ser sincero, cuando ocurrió el accidente no sabía cómo nos afectaría, qué haría con nuestra relación. Si Daniela se hubiera lamentado todo el tiempo por lo que había perdido, tal vez yo no hubiera podido soportarlo. Pero ella no se comportó así de ninguna manera. No ha permitido que el accidente la defina o la limite. Supe que deseaba pasar el resto de mi vida con ella”. En septiembre de 2007, delante de 300 familiares y amigos, la pareja se casó y luego bailaron toda la noche. Pronto, planean iniciar una familia.
Las metas de Daniela ahora son las mismas que antes del accidente: ser una buena médica de rehabilitación tanto en sus conocimientos profesionales como en su relación con los pacientes (ayudarlos a superar sus traumas y lesiones y readaptarse para vivir una vida plena), ser una esposa cariñosa y, algún día, madre.
Sin embargo, lo más importante es que quiere concentrarse no en lo que ha perdido, sino en su vida como un don maravilloso, fuente de felicidad, recordando siempre las palabras que le dijo el doctor Esquenazi cuando se conocieron: “Tu vida será lo que hagas de ella”.
sábado, 6 de febrero de 2010
viernes, 5 de junio de 2009
EL DISCIPULADO
de la vida a Cristo. Esto significa abandonar
toda comodidad. Un joven pastor
cristiano natural de Zimbabue escribió una
nota impresionante. La misma fue encontrada
en su oficina luego que muriera como
un mártir: “Formo parte de la comunidad
de los que no se avergüenzan. Disfruto del
poder del Espíritu Santo. La suerte está
echada. He cruzado la línea. La decisión
ha sido tomada. Soy un discípulo de él.
No miraré hacia atrás, ni abandonaré, ni acortaré
el paso, ni me echaré atrás o me quedaré
inactivo. Mi pasado ha sido redimido, mi presente
tiene sentido, y mi futuro está asegurado.
No quiero saber más de vivir a
medias, de caminar a tientas, de sueños
descoloridos, de visiones dóciles, de conversaciones
mundanas, de la benevolencia barata o de objetivos enanos.
No necesito posiciones, prosperidad,
promociones, alabanzas o popularidad. No
necesito tener la razón, ser el primero, el más
importante, el más reconocido, el más alabado,
el mejor considerado, o ser el más recompensado.
Ahora vivo por fe, descanso
en su presencia, camino pacientemente,
soy sustentado por la oración y obro con poder.
Mi rostro refleja determinación, mi paso
es rápido, mi blanco es el cielo, mi senda
es estrecha, mi camino escabroso, mis compañeros
son pocos, mi Guía es confiable y
mi misión definida. No puedo ser comprado,
comprometido, desviado, apartado con
engaños, demorado o esquivado. No me acobardaré
ante el sacrificio ni en presencia del
enemigo, ni nadaré en las aguas de la popularidad
o deambularé en el laberinto de la mediocridad.
No me daré por vencido, no me callaré
hasta que sea levantado o acallado
por la oración o la prédica de la causa de
Dios. Soy un discípulo de Jesús. Debo actuar hasta que él regrese,
dar hasta desfallecer, predicar todo lo que conozco y
obrar hasta que él me detenga. Y cuando
él venga por los suyos, no tendrá problemas
en reconocerme. ¡Mi estandarte se notará claramente!”
Esto me recuerda que hay un texto en
la Biblia que resume el concepto del discipulado:
“¡En esto consiste la perseverancia
de los santos, los cuales obedecen los
mandamientos de Dios y se mantienen
fieles a Jesús” (Apoc. 14: 12). El discipulado
consiste en algo más que aprender
acerca de Cristo o de imitarlo. Significa
seguirlo aun en un sufrimiento que nunca
se podrá comparar a la recompensa que
nos espera (Rom. 8: 18).
1. ¿Qué has estado soportando por causa de
Cristo como un fiel discípulo suyo?
2. ¿Qué revela un inventario de tu vida, respecto
a tu determinación de seguir al Señor?
viernes, 8 de mayo de 2009
FELIZ DIA DE LA MADRE
FELIZ DIA DE LA MADRE
Hoy, segundo domingo de mayo, es un día tan importante para muchos…
El día en que una persona nos dio el regalo de la vida…
Nuestras queridas madres…
Madres que nos cuidaron mientras éramos pequeños…
Que nos enseñaron el valor de la vida…
El amor y el cariño que nos brindaron mientras crecíamos…
El afán con el que siempre nos protegiste…
No te importó si éramos muy pequeños…
O si teníamos algún defecto…
Nos amaste de la misma manera…
Tratando de hacernos ver lo bella que es la vida…
Y aunque había momentos en que éramos demasiado para ti…
Siempre tuviste la fuerza para seguir adelante…
No importaba la situación o momento…
Siempre tenías tiempo para estar a nuestro lado…
En los momentos de dificultad…
Y también en los momentos de mayor felicidad…
Siempre estabas allí…
Y aunque no siempre te lo diga…
Quiero que estén en tu corazón estas palabras…
De tus hijos para ti: ¡Te amamos mamá!!!
Y en tu honor quisiera dedicarte esta historia…
Una vez me preguntaste…
¿Cuánto me quieres?...
Mis brazos rodearon tus hombros y mis labios se apretaban a tu mejilla…
Al tiempo que susurraba a tus oídos: “De aquí hasta el cielo”…
Tú me separabas para observar mis ojos y me gritabas…
“Yo no te quiero, yo te amo de aquí al infinito”
Era una manera de hacerme sentir muy querido,
Siempre tienes formas de expresar tu amor.
Mientras tanto te conformabas con el poco cariño que yo te daba.
Creo que con el hecho de tenerme entre tus brazos
Y verme crecer sano y contento
Era suficiente para hacerte feliz.
Por eso yo siempre digo que eres la rosa más bella del jardín…
Capaz de dar el amor más sincero y tierno que existe en el mundo
No tienes límites, lo das en abundancia, sin comas, puntos ni acentos.
Tu corazón tiene la sabiduría de aceptar tal como son todos tus pétalos
Tan únicos y diferentes…
Con sus defectos y virtudes, pues son un pedacito de ti.
Sí, eres la flor que al paso del tiempo sus pétalos se han marchitado,
Pero su corazón está siempre vivo y en ninguna época o estación de la vida
Deja de sentir y de reflorecer.
Para acariciar con tus manos, tus ojos, tus palabras, tu presencia a estos tus hijos.
Tú sí eres amor del bueno, inconfundible e incomparable.
Eres lo mejor del mundo.
¿Sabes por que? Porque si no fuera por ti
No estaría ahora mismo aquí.
Gracias por darme la vida… Mamá.
Te quiero así, así y así.
Feliz día mamá.
Feliz día de la madre.
Felicidades madre. Gracias por todo.
(Para todas las madres del mundo
Con mucho cariño de los hijos del mundo
Gracias por ser como son, las queremos mucho)