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miércoles, 8 de julio de 2020

¿QUIÉN RECIBE EN VANO LA GRACIA DE DIOS?


    Dios siempre ha querido que las acciones que realicemos por más sencillas que parezcan no sean “en vano”.  Por ejemplo, entre los Diez Mandamientos, con respecto al uso del nombre de Dios, Él mismo estableció primeramente a los israelitas que: “no tomarás el nombre de Jehová tu Dios en vano” (Exodo 20:7).   Uno de los Salmos, el 127, enseña que hasta en los trabajos comunes como la albañilería, es necesario tomar en cuenta a Dios para construir una casa, porque “Si Jehová no edificare la casa, en vano trabajan los que la edifican”; y en el trabajo que realizan las personas encargadas de la seguridad sea pública o privada como el de los vigilantes, policías, bomberos, etc… también es necesario tomar en cuenta a Dios, porque “Si Jehová no guardare la ciudad, en vano vela la guardia” (Salmo 127:1).   De esta manera, para que nuestras acciones no resulten “en vano”, Dios no debe ser descartado en el cumplimiento de nuestros deberes.   Es probable que en la vida cotidiana algunas veces hayamos tomado decisiones que fueron “en vano” para nosotros, pero en las cosas espirituales es necesario que no tomemos decisiones vanamente, sino las que sean para obedecer a Dios, y para edificar nuestra vida que sin merecerlo, Dios la está restaurando por medio de su Hijo Jesucristo.

El texto bíblico para este mensaje, en palabras del apóstol Pablo, es una exhortación originalmente escrita a los Corintios, a quienes les fue dicho: “… no recibáis en vano la gracia de Dios” (2 Corintios 6:1).  Tales palabras nos sugieren que hay personas que reciben en vano la gracia de Dios.   Por tal sugerencia de nuestro texto, realicé un estudio en diversos textos a lo largo de las Sagradas Escrituras para encontrar la descripción de quién y cómo es la persona que recibe “en vano la gracia de Dios”, entonces, encontré que la Palabra de Dios describe quién es la persona que recibe en vano la gracia de Dios.  /  Entonces, ¿según la Palabra de Dios, quién recibe en vano la gracia de Dios?  /  En el transcurso de este mensaje les presentaré la descripción de una persona que según la Palabra de Dios recibe “en vano la gracia de Dios”.

I.- LA PERSONA QUE ANDA EN BUSCA DE OTRO EVANGELIO
   Después de ser llamados a la gracia de Cristo, los Gálatas rápidamente se estaban alejando hacia lo que el apóstol Pablo llama “un evangelio diferente”, no porque hubiera otro evangelio, sino que con tales palabras les estaba indicando que estaban cambiando su fe en el verdadero evangelio por una perversión del evangelio de Cristo, por lo que les dice lo siguiente: “Estoy maravillado de que tan pronto os hayáis alejado del que os llamó por la gracia de Cristo, para seguir un evangelio diferente.  /  No que haya otro, sino que hay algunos que os perturban y quieren pervertir el evangelio de Cristo” (Gálatas 1:6-7). El avalúo de Pablo acerca de la mala decisión de aquellos creyentes fue: “Me temo de vosotros, que haya trabajado en vano con vosotros” (Gálatas 4:11).  No porque propiamente el trabajo del apóstol fuese vano, sino porque aquellos creyentes, “en vano” habían manifestado creer, pues después de haber manifestado creer en el verdadero evangelio, en la práctica vivían “un evangelio diferente”.
   Desde los días que los apóstoles proclamaban el verdadero evangelio de la gracia de Cristo, surgieron al mismo tiempo proclamadores de perversiones del verdadero evangelio de parte de falsos predicadores, pastores, y maestros.  De la misma manera, en la actualidad también existen grandes cantidades de falsos pastores, maestros, profetas, y apóstoles quienes también en cantidades mayores de falsos evangelios están perturbando la verdadera fe de aquellos que hemos conocido las doctrinas de la verdadera gracia.   Debido a ellos, se puede observar a hermanos que han dejado y a otros que están dejando las doctrinas de la gracia, para seguir falsos evangelios de la actualidad.  Algunos, atraídos por las propuestas del “evangelio de la prosperidad”, por la doctrina de la liberación de “maldiciones generacionales”, por la doctrina metafísica del pensamiento positivo, etc…, se han ido con los que enseñan y practican tales doctrinas.   E igualmente, aunque hay quienes no se van de sus iglesias sino que permanecen en ellas, sin embargo, ya no creen las doctrinas de la gracia, y se dedican a compartir sus “evangelios diferentes” a los demás que asisten a la iglesia, perturbando así a los que están en la verdadera fe.   Estas personas son las que han recibido “en vano la gracia de Dios”, porque la dejan de creer, y comienzan a practicar lo que no es gracia sino esfuerzo personal o imposición de falsos maestros de religión en ocasiones ajenas al cristianismo.
   Amados hermanos, es importante conocer bien el evangelio de la gracia de Cristo para que ni tan pronto, ni más adelante nos dejemos arrastrar por un falso evangelio, pues usted ha encontrado, el evangelio de la gracia de Cristo, directamente de las Sagradas Escrituras.   Si alguna vez, se tiene que cambiar de iglesia local por razones justificables, que no sea por andar buscando ‘el verdadero evangelio’ como hacen algunas personas, pues, lo que usted encontrará es “un evangelio diferente” como les pasó a aquellos nuevos creyentes gálatas, y eso significará que habrá recibido “en vano la gracia de Dios”, porque luego de haberla recibido, le dio la espalda dejándola de aceptar.

  La segunda descripción de una persona que recibe en vano la gracia de Dios, es:
II.- LA PERSONA QUE NUNCA LLEVA FRUTOS ESPIRITUALES.
   Dentro de las enseñanzas de Jesús, él dijo: “En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto, y seáis así mis discípulos” (Juan 15:8).  Uno que ha recibido la gracia de Dios es uno que se hace discípulo de Jesucristo, y en consecuencia no debe quedar sin fruto sino que debe llevar fruto, pero no poco sino “mucho fruto”.   ¿Se imagina usted qué producción habría en una parcela con  500 árboles frutales (como la membresía de la iglesia) pero que por razones conocidas o desconocidas no dan fruto?  Ninguna producción habría.   Y eso es lo que Jesús no quiere que ocurra entre los discípulos que forman parte de su iglesia.  Él no quiere infructuosidad en sus discípulos sino que espera que cada discípulo produzca “mucho fruto”.  Y Jesús ilustrando la falta de frutos en las personas que dicen abrazar la fe, los compara de una manera muy fuerte con los árboles que siendo frutales no dan ni un solo fruto, y dice al respecto: “Todo árbol que no da buen fruto, es cortado y echado en el fuego.  /  Así que, por sus frutos los conoceréis” (Mateo 7:19,20).  En este caso, Jesús se refiere retóricamente a los creyentes que por haber recibido o estar recibiendo la gracia de Dios, deben demostrar los frutos de la gracia en sus vidas, pero si no hay frutos, o sea, si no hay evidencia de que están dejando que la gracia de Dios actúe en sus vidas, entonces han recibido “en vano la gracia de Dios”.
   Algunos de los frutos que deben estar formándose en las vidas de todo discípulo son las que el apóstol Pablo les dice a los Gálatas que son los frutos del Espíritu, como el “…amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe,  /   mansedumbre, templanza;…” (Gálatas 5:22-23).  Sin embargo, tomando en cuenta que Dios provee de dones ministeriales a todos los creyentes, entonces, además de los frutos antes mencionados que deben notarse en nuestras vidas, deben también verse los frutos que resultan del uso del don o de los dones recibidos.
   Amados hermanos, es incongruente que habiendo recibido la gracia de Dios, un discípulo permanezca igual o se vuelva peor que antes, pues si eso ocurre, eso significa que tal persona ha recibido “en vano la gracia de Dios”.   De vez en cuando quizá hemos escuchado de personas que no son de la fe cristiana, pero estas personas demuestran mejores actitudes que los que decimos estar en la fe verdadera, esto no es porque ellos sean mejores, sino porque los que estamos en la fe tenemos o tomamos “en vano la gracia de Dios” no correspondiéndole adecuadamente, ni dejando que los beneficios de la gracia moldeen nuestra conducta y vida personal.
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   La tercera descripción de una persona que recibe en vano la gracia de Dios, es:
III.- LA PERSONA QUE PERMITE QUE LA PALABRA SEA AHOGADA
   En la parábola del Buen Sembrador y de los diferentes terrenos en los que cayó la semilla de la Palabra de Dios, se nos dice que la semilla que cayó entre espinos ilustra a una persona que oye la Palabra de Dios, pero “los afanes de este siglo, y el engaño de las riquezas, y las codicias de otras cosas, entran y ahogan la palabra, y se hace infructuosa” (Marcos 4:18,19).  Esta es otra descripción de la persona que recibe “en vano la gracia de Dios”, porque se trata de alguien que lee la Palabra, estudia la Palabra, memoriza la Palabra, aprende la Palabra, escucha la lectura, predicación, o enseñanza de la Palabra, pero finalmente no la obedece porque tiene sus propios afanes, intereses ajenos a la voluntad de Dios.  Entonces lo mucho o poco que tal persona ha conocido acerca de la palabra de Dios, queda ahogada, y entonces se puede decir que fue “en vano” que haya recibido la gracia de Dios, a menos que deje que la palabra de Dios germine en el terreno de su corazón y en él crezcan las plantas de la fe, la esperanza, y el amor.
   Amados hermanos, la gracia de Dios es lo máximo que el ser humano necesita.  Ninguno que sea discípulo de Jesús debe abandonar o cambiar la gracia de Dios por cualquier otra cosa de este mundo.  Al contrario, usted que verdaderamente ha recibido la gracia de Dios, debe ocuparse permanentemente en conocer mediante la Palabra de Dios todas las implicaciones de esa gracia, y debe incluso no solamente conocerlo sino que también debe llevar una vida congruente con esa gracia salvadora, de tal manera que como dice Jesús la semilla de la palabra del evangelio no se ahogue en usted.  Entregar la vida a Jesucristo, quizá no fue tan fácil para usted, sin embargo, un día usted pudo por la misma gracia de Dios confiar salvadoramente en Jesucristo.   Ahora, usted es probable que también tiene sus luchas para crecer “en la gracia y en el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo” (2 Pedro 3:18), sin embargo, usted lee las Sagradas Escrituras, usted estudia la palabra de Dios de manera personal o en la Escuela de Formación Cristiana de la Iglesia, usted hasta dedica tiempo para el culto a Dios donde escucha cada vez la predicación de la palabra de Dios; entonces usted ha dado un paso importante que otros menosprecian al descuidar la lectura, estudio, y aplicación de la palabra de Dios en sus vidas.   Esto significa que usted ha recibido y sigue recibiendo la gracia de Dios por medio de Su Palabra, por lo que no deje que se ahogue esa palabra.  Obedézcala, vívala, pues, si no también habrá recibido “en vano la gracia de Dios”.
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   La cuarta descripción de una persona que recibe en vano la gracia de Dios, es:
IV.- LA PERSONA QUE VUELVE A LAS COSAS DEL MUNDO.
   Hablando de estas personas que vuelven a las cosas del mundo, el apóstol Pedro escribió lo siguiente: “Ciertamente, si habiéndose ellos escapado de las contaminaciones del mundo, por el conocimiento del Señor y Salvador Jesucristo, enredándose otra vez en ellas son vencidos, su postrer estado viene a ser peor que el primero.  /  Porque mejor les hubiera sido no haber conocido el camino de la justicia, que después de haberlo conocido, volverse atrás del santo mandamiento que les fue dado.  /  Pero les ha acontecido lo del verdadero proverbio: El perro vuelve a su vómito, y la puerca lavada a revolcarse en el cieno” (2 Pedro 2:20-22).   ¡Qué proverbio muy fuerte!, esa es la descripción de una persona que recibe “en vano la gracia de Dios” al regresar a su  antigua forma de vida pecaminosa, descrita como una vida sucia, asquerosa, y cochina naturaleza.
   Amados hermanos, no hay mejor vida que la que se tiene bajo los alcances de la gracia de Dios.  Si usted está bajo esta gracia salvadora de Dios, no tiene por qué regresar o ir a las propuestas del mundo sin Dios y sin Cristo.  Manténgase firme en su fe y en su conducta digna del evangelio, sin tener que vivir como los que no han conocido los beneficios de la gracia.
   La quinta descripción de una persona que recibe en vano la gracia de Dios, es:
V.- LA PERSONA QUE EMPIEZA MUY ESPIRITUAL Y TERMINA CARNALMENTE.
   En su epístola a los Gálatas, el apóstol Pablo les preguntó: “¿Habiendo comenzado por el Espíritu, ahora  vais a acabar por la carne?” (Gálatas 3:3).  Creo que lo que el apóstol Pablo estaba queriendo que estos creyentes se dieran cuenta es que cuando creyeron, estos al principio demostraron un inmenso entusiasmo por la fe, la obediencia, y el servicio, pero que poco a poco en ellos se fue apagando, al grado de que algunos no solamente siguieron a falsos maestros con sus falsas doctrinas, sino que algunos de ellos regresaron a vivir como antes en los placeres de la carne, dejando así de obedecer el evangelio de la gracia de Cristo.   Qué triste es que las personas comiencen con entusiasmo la fe, pero al cabo de poco tiempo se alejen de la fe, y vivan según sus propios deseos y no como Dios quiere que se viva en su gracia.
   Un ejemplo de este entusiasmo temporal se puede ver en algunas personas (porque no en todas ni en muchas) quienes solamente porque les interesa celebrar la ceremonia de su boda, o porque solamente les interesa bautizar a sus infantes, o porque solamente quieren recibir algún otro beneficio de la iglesia, toman las clases respectivas, se hacen miembros, reciben el beneficio, y luego no los vuelves a ver a la semana siguiente, ni al mes siguiente sino cuando mucho, aunque parezca exageración, solamente en dos breves temporadas del año.   Su entusiasmo menguó.  Eso también es una evidencia de recibir “en vano la gracia de Dios”, pues solamente obedecen o fingen obedecer cuando hay interés en un beneficio.

   CONCLUSIÓN: Amados hermanos, quiero concluir con el testimonio del apóstol Pablo a los Corintios a quienes les dijo: “Pero por la gracia de Dios soy lo que soy; y su gracia no ha sido en vano para conmigo, antes he trabajado más que todos ellos; pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo” (1 Corintios 15:10).  Observe usted que la gracia había producido en él, una entrega al servicio de la gracia, pues dice: “antes he trabajado más que todos ellos” (se refería a los demás apóstoles).   Pablo, por su pasado muy sucio delante de Dios, no merecía ser salvado, no merecía la gracia de Dios, pero como Dios lo salvó de la condenación eterna, y como Pablo se dio cuenta de ese gran beneficio inmerecido, pues para no recibir “en vano la gracia de Dios”, lo que él hizo a cambio fue trabajar, y luego aconsejó: “hermanos míos amados, estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano” (1 Corintios 15:58).

   Usted también, no reciba “en vano la gracia de Dios”, trabaje y crezca «en la obra del Señor», pues esa es la manera de vivir la gracia sin que sea “en vano”.

(Diego Teh).

lunes, 26 de septiembre de 2016

LA ALEGRÍA DEL CRISTIANO




El ser humano fue creado para gozar de una vida plena y abundante. Ese gozo está a su alcance.

La vida del hombre no es un accidente, sino parte del plan de Dios para la humanidad y para la tierra que ella habita. Ese plan original se vio perturbado por la entrada del pecado. Pero Dios no abandonó al ser humano a su suerte. Tomó las providencias necesarias para revelarle su plan por medio de las Sagradas Escrituras, para que todo el que quisiera, encontrara sentido a la vida y lograra vivir en armonía con el resto del universo, es decir, en armonía con el plan original de Dios.

Los cristianos conocen esta provisión de Dios con el nombre de plan de salvación. Es decir, el hombre tiene a su alcance la salvación. ¿Salvación de qué? De la violencia, de la angustia, de las drogas, de la enfermedad y la muerte, de la aniquilación definitiva.

¡Y cuán hermosa es la vida del que acepta esta salvación ofrecida por Dios! Es hermosa porque ve a su alrededor muchas evidencias del amor de Dios por el hombre. Las bellezas naturales que lo rodean, el colorido de la vegetación y de las flores, los delicados y cambiantes matices de una puesta de sol, todo habla de la preocupación del Creador por lo que es bello, a pesar de que hoy vemos esa belleza manchada por las cicatrices del pecado y los daños hechos por el hombre mismo. La responsabilidad de responder con amor a ese amor de Dios es sencillamente sublime.

La satisfacción del cristiano de poder compartir ese amor con los miembros de su familia, en medio de la armonía y la felicidad, donde los hijos pueden crecer con equilibrio para ser buenos ciudadanos de su país, y donde todos se preparan para la vida perdurable, es otra de las evidencias del amor de Dios.

Hay gozo en una vida sencilla, con una alimentación sana – basada en el conocimiento de las leyes de la salud –, que permiten vivir una vida plena, aunque a veces se encuentre aprisionado en una jaula urbana. La alegría de la verdadera recreación, del ejercicio saludable, del trabajo útil, del servicio desinteresado en favor de los demás, a pesar de la competencia de los deportes comercializados y del estrés de las actividades y del bullicio ciudadano, le permiten ver que no vive en vano.

Además, su nueva relación con Dios y sus leyes le mostrará que los principios en ella implicados son manifestaciones del amor y del carácter de Dios. Por ello cumplirá todos sus preceptos no como una pesada obligación, sino movido por el amor que responde con todo placer, voluntariamente, como resultado de la salvación recibida, y dedicará sus mejores esfuerzos en un servicio activo en favor de los demás en su casa, en su vecindario, en su trabajo, en la escuela o dondequiera se encuentre.
Claro que el cristiano no es ciego ni ajeno a la enfermedad, a la muerte, a la pobreza y al dolor que lo rodean. Pero ve más allá de la superficie de las contingencias que implica la vida en esta tierra. Sabe que el mal es un enemigo vencido, que la muerte ya no es temible, que hay vida más allá: una vida que no se mide en años sino con la vida de Dios.

Aunque vive sobre esta tierra y participa de sus actividades, preocupaciones, perplejidades y gozos, respira una atmósfera diferente. Es como si dijéramos que vive en un país extranjero, pero no como exiliado, sino como embajador. Porque el cristiano es precisamente eso: un embajador  del reino de Dios, de ese reino de paz y justicia donde domina el amor en su forma más elevada y práctica, pues sabe que Jesucristo volverá muy pronto para poner fin a este mundo, y quiere compartir su alegría y esperanza.

Al concluir la lectura de este artículo, ¿quisiera usted también participar de la alegría del verdadero cristiano? ¿Quisiera aceptar el generoso ofrecimiento de la salvación gratuita que Dios le extiende? ¿Quisiera usted conocer más de cerca al Hijo de Dios, que hizo posible esta salvación? Quisiera encomendar sus caminos a ese Jesús que quiere darle paz, seguridad y la vida eterna? Lo invitamos a que lo haga, y goce, aquí y ahora, de esa vida abundante y plena que sólo El puede dar.

Autor:
Rolando Itin es doctor en Educación y fue presidente del consejo Editorial de la Asociación Casa Editora Sudamericana.







jueves, 24 de abril de 2008

INTRODUCCIÓN A LA TEOLOGÍA

Para los que reconocen la autoridad final de las Sagradas Escri­turas, la teología bíblica es una disciplina esencial.

La teología bíblica aprovecha los resultados comprobados de la crítica textual e histórica y emplea los principios de la exégesis científica bíblica. Además, la teología bíblica evangélica refleja ciertas suposiciones supranaturalísticas: la realidad y propósito del Dios viviente, la deidad y naturaleza salvadora de Jesucristo, la dei­dad y el ministerio personal del Espíritu Santo, así como la inspira­ción total y unidad de las Santas Escrituras como la Palabra de Dios escrita.

La obra redentora de Cristo, se expresa en la actividad santi­ficadora del Espíritu que purifica el corazón de su inclinación pecadora, lo llena con el amor puro de Dios, y lo restaura a la imagen divina. Esta santidad es tanto gradual como instantánea, personal y social: se transmite al creyente por medio de una fe personal en Cristo y se experimenta en el compañerismo con su Cuerpo. Por lo demás, la perfección cristiana es teleológica: su expresión final espera el retorno de Jesucristo en gloria con la victoria concomitante del reino de Dios.

El tema de salvación evidente a través de este estudio, es el tema central de la Biblia. Dios, obrando en la historia, y más particular y maravillosamente en Cristo, ha provisto un camino de salva­ción para toda la humanidad.

Teología, en su más sencilla acepción, es nuestro intento humano a pensar clara y correctamente acerca de Dios. Es el estudio de formas de organizar y comunicar la idea acerca de Dios y del orden creado. No hay mayor desafío para la mente que el reflexionar sobre el significado de la religión y de las Escrituras.

El que la teología con frecuencia parezca abstracta y sin impor­tancia, es más bien falta de los teólogos que de la materia misma. La mayoría de las interrogaciones de la vida son básicamente cues­tiones teológicas. No hay persona, religiosa o no, que escape la necesidad de confrontar los problemas de la fuente y naturaleza de la realidad y el significado y destino de la vida.

No es posible exagerar la importancia de la teología cristiana. La teología no es opcional con la Iglesia. Es negocio de todo cris­tiano. William Hordern escribe: “La iglesia que proclama no tener teología está, de hecho, escondiendo para ella misma las premisas teológicas por las cuales vive y como resultado, falla en ponerlas bajo la luz del escrutinio.” Esto resulta en una “teología popular” en que se sostienen ideas contradictorias sin reconocer su incompa­tibilidad real. Necesitamos un nuevo descubrimiento de la “teolo­gianidad de todos los creyentes.” La cura para una teología pobre no es no teología sino una mejor teología. Si la teología ha de cumplir su función adecuada, no más debe considerarse como el monopolio de los expertos.

“El esfuerzo de ser cristianos en la práctica sin saber lo que es el cristianismo siempre fracasa”, dice A. W. Tozer. “El cristiano verdadero debe ser, y de hecho lo es, un teólogo. Debe estar al tanto, al menos, de algo de la riqueza de verdad revelada en las Sagradas Escrituras. Y debe saberlo con suficiente claridad para declarar y defender lo que dice. Y lo que puede declararse y defenderse se llama credo. La siempre presente tarea de la iglesia es interpretar su fe ante el mundo contemporáneo. Para hacerlo, requiere una comprensión de lo que es esencial a la fe así como lo que es incidental. El fracaso en este punto no sólo desnivela la piedad personal; confunde la proclamación del evangelio ante el mundo.

I. LA ESTRUCTURA LÓGICA DE LA TEOLOGÍA

Mas, ¿qué es exactamente teología? El vocablo mismo nos señala su significado. Se deriva de dos vocablos griegos —Theos, “Dios”, y logos, palabra, o “discurso razonado.” Logos es la raíz de donde tomamos la palabra lógica o lógico. La encontramos en el sufijo “-logía”, al nombrar las varias ramas del pensamiento humano. En cada caso, “-logía” significa la aplicación de principios de pensa­miento lógico a algún asunto o materia particular.

Por ejemplo, la geología es la aplicación de principios de pensamiento lógico a hechos observados de geos, o tierra. La antro­pología es la aplicación de principios de pensamiento lógico a hechos observados acerca del anthropos, hombre. La sicología es la aplica­ción de principios de pensamiento lógico a las observaciones acerca de la psyche, literalmente el alma, o el yo “del alma.” Sociología es la aplicación de principios de pensamiento lógico a las observaciones acerca del socius, la sociedad. Y así continúa la lista de varias cien­cias a medida que ellas se especializan más y más.

Una tradición clásica habla de la teología como “la Reina de las Ciencias.” Usando el término "ciencia” en relación a la teología puede ayudarnos si no la llevamos al extremo. Así como cada una de las ciencias es el resultado de aplicar principios de pensamiento correcto a una materia definida, la teología es la aplicación de principios de pensamiento lógico a la verdad acerca de Theos, Dios.

A. Hechos e Interpretación

Además de su nombre, hay otro punto de semejanza entre la teología y las varias ciencias. Toda ciencia es el resultado de dos procesos de la mente: observación e interpretación. El aprendizaje principia con la observación. De allí sigue la interpretación, captando relaciones y significados. Después vuelve a más observación para verificar o establecer las relaciones y significados que ha formulado.

La tarea de toda ciencia es buscar aquellos principios, leyes, teorías o hipótesis que unifiquen, integren e interpreten los hechos separados y los fenómenos de su materia particular. Toda área de investigación incluye una gran cantidad de fenómenos separados o discretos, hechos, eventos y objetos. Muchos “hechos” parecen contradictorios. Abunda la paradoja. La tarea del científico consiste en unificar, interpretar y describir este cúmulo de hechos con fre­cuencia sorprendentes, en sus modelos coherentes de explanación. El profesor C. A. Coulson, un fisicista teorético, escribe que “la verdad científica significa coherencia en un modelo que se reconoce como significativo y sensible.”

Hemos mencionado que el pensamiento incluye tanto observa­ción como interpretación. Pero estos no son procesos rígidamente separados. A medida que el pensamiento cambia de observación a interpretación, los lógicos nos hablan de “inducción.” Y cuando el pensamiento de interpretación o generalización regresa a la mayor observación, los lógicos hablan de “deducción.” Pero cualquier proceso de búsqueda de la verdad incluye ambos cambios, inducción y deducción. Los hechos se observan, se hace una generalización por inducción; esa generalización se usa como teoría o hipótesis, y sus consecuencias se predicen por deducción. Sólo así puede probarse, ya sea verificándose o revisándose.

Cuando principia la observación, emergen los patrones de relación y significado. Estos patrones o modelos adelantan el estudio tanto en la selección como en la interpretación de datos. Cuando los datos son complejos, pueden sostenerse diferentes teorías por observadores diferentes. Con frecuencia estas teorías se suceden una a la otra, a medida que se prueban primero una y después la otra poniéndolas a un lado. La historia de la ciencia es en su mayor parte la historia de hipótesis revisadas y descartadas. En algunos casos como—por ejemplo, en las teorías de la naturaleza de la luz —ciertas hipótesis conflictivas pueden permanecer lado a lado pues cada una sirve para explicar una porción de los datos.

Como comparación, los hechos de la religión (en que las Escri­turas proveen una gran fuente de datos) se unifican e interpretan en la teología. “Teología es la exhibición de los hechos de la Escritura en su orden propio y en su relación con los principios de verdades generales envueltas en los hechos mismos, y que saturan y armonizan el todo.” La teología cristiana es “la Iglesia reflexionando, bajo la dirección del Espíritu Santo, sobre la Palabra dada por Dios a ella.” “Teología es la ciencia del cristianismo; mucho de lo que erróneamente se llama teología es sólo adivinación sicológica que sólo se puede verificar por la experiencia. La teología cristiana es la exposi­ción ordenada de las certidumbres de la revelación.”

Así como sucede, en menor grado, con otras ciencias que tratan con datos complejos, los hechos de la religión han producido formas diferentes de interpretación. Son estos las “escuelas” o “sistemas” de teología como en el proceso teológico del catolicismo, el lutera­nismo, el calvinismo, el arminianismo, y la neoortodoxia. Cada uno de estos modelos, en cierto grado, controla la selección y la interpretación de datos para los adeptos suyos.

B. Objetividad en Teología

Harold O. J. Brown, para mencionar sólo uno, argüía que no se puede considerar propiamente a la teología como una “ciencia.” Brown señala que la ciencia demanda objetividad o imparcialidad de parte de los que la practican. La teología, por el otro lado, debe practicarse por quienes se han entregado a Dios acerca de quien piensan y escriben o por quienes se rebelan contra El.

Se concede un tanto de verdad a esta posición. Sin embargo, objetividad no necesariamente significa falta de entrega o falta de interés. Significa responsabilidad hacia los datos, la sujeción de la teoría al hecho. En este sentido el teólogo puede ser tan objetivo como el químico o el biólogo. Es aquí donde las palabras de precau­ción de Mildred Bangs Wynkoop resultan apropiadas:

La naturaleza quedará oculta del científico que rehúsa ser enseñado por la naturaleza. La naturaleza es, antes que nada, y siempre, el amor que demanda servicio antes de que ella se someta a la voluntad del científico. Este principio tiene validez para la teología y para las Escrituras. Todos nosotros, calvinistas y wesle­yanos, hemos de distinguir cuidadosa y honradamente entre la Palabra de Dios y las opiniones e interpretaciones con que la trata­mos.

Aunque se acepta que ninguna teoría es tan segura como los datos en que descansa, es tanto lógica como sicológicamente im­posible operar aparte de ciertos principios ordenados de interpreta­ción general. Es aquí donde descansa la necesidad de la teología y la importancia de encontrar el mejor cuadro de referencia o modelo de doctrina dentro del cual tratar los hechos de la vida religiosa y las declaraciones de las Escrituras.

II. LAS FUENTES DE TEOLOGÍA

Es posible describir tipos de teología en formas diferentes. H. Orton Wiley divide la “teología en general” en teología cristiana y teología étnica. Subdivide la teología cristiana en Exegética, Histórica, Sistemática y Práctica.

Una clasificación útil distingue los tipos de teología de acuerdo a sus fuentes de información y al principio que rige el arreglo de sus materiales, como en las siguientes divisiones:

A. Teología Natural

La “teología natural” busca sus datos en la observación de la naturaleza, las tendencias religiosas en la humanidad, y la historia, sicología y sociología de la religión. Depende en la filosofía del teísmo y el uso del razonamiento metafísico para llegar al conoci­miento de Dios. Este es generalmente el tipo de teología que se encuentra en la apologética como primer paso importante en las evidencias cristianas. Los preámbulos de la Suma Theologica de Tomás de Aquino, “La Analogía de la Religión, Natural y Revelada, a la Constitución y Curso de la Naturaleza(The Analogy of Religion, Natural and Revealed, to the Constitution and Course of Nature) del obispo Joseph Butler, y la obra monumental de William Temple “Naturaleza, Hombre y Dios” (Nature, Man, and God) son ejemplos clásicos de teología natural.

No hay teología natural escrita que sea “pura” para quienes han sido nutridos en la tradición cristiana. La influencia de la tradición y de las Escrituras es inescapable. No obstante, al grado en que el razonamiento principia con los datos suplidos por la naturaleza— ya sea naturaleza física o sicológica—y de allí trabaja sin referencia consciente a la Biblia o a los credos históricos, el resultado puede con cierta corrección describirse como teología natural.

El rechazo neoortodoxo de la teología natural es bien conocido. La teología natural generalmente se convierte en humanismo. Su Dios, excepto por su poder, bien pudiera ser creado a la imagen del hombre. Su función es de preparación. En el mejor de los casos puede servir como “ayo” para dirigir la mente hacia Cristo. En el peor de los casos bien puede ser una piedra de tropiezo en aceptar una teología revelacional correcta.

B. Teología Sistemática

Un segundo tipo importante de teología es la teología sistemática o dogmática. Este es el tipo conocido más bien con el término gené­rico de teología. Sus fuentes de información incluyen las Escrituras, los grandes credos de la iglesia, las observaciones de la vida religiosa y de las instituciones dentro del marco de la iglesia, y la sicología de la experiencia cristiana y de la adoración.

Los sistemas dominantes de la teología en el cristianismo han sido o sistemáticos o dogmáticos. El catolicismo, el luteranismo, el calvinismo y el arminianismo son sistemas históricos que pro­vienen de una variedad de fuentes accesibles. Cada uno de estos sistemas apela a las Escrituras como su fuente primaria de informa­ción. Pero cada sistema acepta también información en varias formas y énfasis de los credos, las tradiciones y la vida y experiencia de la iglesia.

C. Teología Bíblica

La teología bíblica es el tercer tipo mayor de formulación teológica. En un sentido amplio, toda teología que sinceramente intenta ser fiel al contenido de las Escrituras, puede llamarse “bíblica.”

Sin embargo, recientemente ha aparecido un vocablo más espe­cializado para teología bíblica. Este es un esfuerzo serio por descu­brir de primera mano lo que los escritores bíblicos querían decir con lo que expresaron—en contraste con lo que se ha dado por hecho que ellos quisieron decir. La teología bíblica en este sentido se enfoca más exclusivamente sobre la información que dan las Escri­turas—los eventos, declaraciones y enseñanzas mencionados en la Biblia.

La Biblia en sí no es teología, aunque provee materiales sobre los cuales puede formarse la teología. La teología es la respuesta de la Iglesia a la revelación dada en las Escrituras. Esta revelación se da por medio del relato histórico, las expresiones proféticas y apos­tólicas, por la devoción y oración descritas en la poesía y el salmo, por la meditación sobre la vida como en los escritos de la Sabiduría por el oráculo (palabras directas y atribuidas a Dios) y supremacía en la vida, enseñanzas y muerte expiatoria y resurrección de Jesu­cristo.

Muchas declaraciones en la Biblia, de hecho, representan afir­maciones teológicas de primera clase. La reflexión de los salmistas y profetas sobre la historia de Israel, las enseñanzas de Jesús y los escritos didácticos tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento son verdadera teología; son ejemplos de las primeras fases esenciales en la generalización. La teología bíblica toma éstos como su infor­mación—los “hechos” con los que opera—así como la información desde el marco histórico en que se relacionan.

La tarea de la teología bíblica, como Geoffrey W. Bromiley la condensa, consiste en “interpretar las expresiones detalladas y libros de la Biblia basándose en su propio trasfondo y presuposi­ciones antes que en los que provienen de otras fuentes.” La ejecu­ción de esta tarea requiere estudios cuidadosos de términos que son fundamentales a la exégesis teológica de las Escrituras. También se requiere un sentido de contexto histórico y la significación de historia por teología. Una de las ventajas más reales y prácticas de la teología bíblica ha sido un nuevo reconocimiento de la unidad de las Escrituras dentro de su conocida diversidad. El contexto indis­pensable de todo narrativo y aserción Escritural es toda la Biblia misma.

Así pues, la teología bíblica es el intento de presentar sistemá­ticamente las afirmaciones de la fe en la Biblia. Su sistema no es el de teología “sistemática” sino el que resulta de una revelación en desarrollo en la Biblia. Procura seguir los modelos de significado inherentes en las Escrituras mismas.

Myron S. Augsburger nos recuerda que la “teología bíblica como disciplina se sitúa entre lo sistemático y lo exegético.” No sustituye a la teología sistemática, pero es una preparación para ella. “Procura reunir el contenido de la revelación en forma bíblica.” La exégesis está interesada en descubrir la verdad de la revelación bíblica en sus partes.La teología sistemática intenta reunir el con­tenido de la revelación y presentarla en forma lógica. “La teología bíblica se ubica entre ambas procurando relatar las partes bíblicas en tal forma que vayan de acuerdo con el contenido total de la expresión bíblica.”

Chester Lehman compara también la teología bíblica con la sistemática: “La teología bíblica examina el proceso de la develación de la Palabra de Dios al hombre. Está interesada en el modo, el proceso, el progreso y el contenido de la revelación divina. La teología sistemática, por el otro lado, ve el total de la revelación de Dios, busca sistematizar estas enseñanzas, y dar una presentación lógica de ellas en forma doctrinal.”

D. La Teología Bíblica Es Básica

Se da por hecho que hay una interacción entre los tipos principales de teología. No obstante, la teología bíblica tiene una reclamación correcta a la primacía en los círculos evangélicos. Virtualmente, todas las organizaciones protestantes afirman que la Biblia es su única Regla de fe y práctica. La teología bíblica es un intento a tomar seriamente esta afirmación—sostener credos, instituciones y sistemas de interpretación hasta lo último como fuente de verdad en las Escrituras.

Robert C. Dentan ha identificado dos valores de la teología bíblica en relación a la teología sistemática:

1. La teología bíblica “provee los materiales básicos para la teología sistemática.” Aunque la teología sistemática agrega a su caudal, materiales de información tomados de la teología natural, de los credos cristianos y de la historia de la experiencia cristiana, debe hallar, aun así, su fuente primaria en la Biblia si es que ha de llamarse verdaderamente teología cristiana. La mejor manera de conseguir la información bíblica es por el estudio comprehensivo de las dos ideas religiosas del Antiguo y Nuevo Testamentos, antes que buscando el sostener ideas de otras fuentes por las citas de textos de prueba bíblica específicos.

2. La teología bíblica “provee una norma para la teología sis­temática... por la cual pueden juzgarse los desarrollos teológicos posteriores.” La teología bíblica puede servir como punto de contacto por el cual pueden evaluarse las formulaciones de la teología sistemática. La teología, cortada de sus raíces bíblicas, siempre tiende a convertirse en subjetiva y en criatura antes que en el crítico de sus tiempos.

Edmond Jacob escribió: “Si [la dogmática] desea permanecer cristiana siempre, tendrá que hacer nuevas evaluaciones de sus de­claraciones comparándolas con la información bíblica esencial, la elucidación de la cual es precisamente tarea de la teología bíblica, ella misma basada en una exégesis bien fundada.”18 Supliendo su material primo y definiendo los límites de la teología sistemática, la teología bíblica ayuda a preservar la dogmática de “caer en un subjetivismo en que el poder esencial se sacrifique en favor de lo secundario.”19

Esta necesidad se ha reconocido por mucho tiempo. Antes del desarrollo del “movimiento de la teología bíblica” de nuestro día, Olin A. Curtis buscó una “legítima teología bíblica” como base para la teología sistemática. Dijo, “Quiero decir algo más allá de las obras fragmentarias que con frecuencia se publican con el nombre de teología bíblica. Toda la Biblia debe ser captada filosóficamente como una unidad cristiana que se manifieste en variedad. Cuando esto se haga, habrá un centro para la Biblia; y sin duda este centro es la muerte de nuestro Señor.” (Dios, hombre y salvación, Purkiser y otros)


martes, 21 de agosto de 2007

Sustitución del Sábado por el Domingo

El símbolo solar es exhibido no solo en muchas iglesias en sus entradas, sino que también lo hacían de igual manera en los viejos tiempos de Babilonia y Egipto. En Babilonia habían templos con imágenes del dios solar.

Las ciudades mesopotámicas eran cosmológicas y estelarmente importantes; cada una de sus murallas concéntricas, estaban pintadas del color de uno de los siete planetas y eran gobernadas por un dios. El dios supremo de estos planetas era Azur, el sol. El poder de los dioses planetarios era proporcional a su proximidad con el sol. El soberano de Babilonia, es la imagen terrestre del dios Marduk, el “Sol de Babilonia”, y se lo denomina “Rey del Universo” y “Rey de los Cuatro Cuadrantes del Mundo”, es el pontífice, que combina el poder real con la autoridad sacerdotal, regulador astral que todo lo determina, y mide el destino de los hombres. El palacio de estos monarcas se alzaba en el centro de la ciudad y del reino, tal como el sol se halla en el centro del cielo. El trono del rey es el asiento del sol.

Marduk es el dios de la ciudad de Babilonia. Todos los otros dioses reconocen la superioridad de Marduk, quien llega a ser también una especie de dios supremo. Marduk, joven toro del sol y señor de Babel, llegó a ser el símbolo de Babilonia.

Todos estamos familiarizados con la gran torre de Babel y sabemos de cómo Dios se disgustó con esto y confundió las lenguas. Esta torre fue planeada para que tuviera gran altura, y hay suficientes evidencias que indican que la torre estaba relacionada con la religión y con el culto al sol. La mayoría de las torres construidas en el Imperio babilónico, fueron exclusivamente religiosas y asociadas con el culto al sol y unidas al templo. Ya hemos visto cómo un cierto número de ideas se originaron en Babilonia y luego se propagaron por las naciones, por lo cual, no es difícil darnos cuenta que Babilonia fue también la cuna de las torres religiosas y de la adoración al sol. Es aún más probable, cuando consideramos que fue durante la edificación de la gran torre de Babel, que comenzó la divulgación a través de la emigración de los hombres sobre la faz de la tierra, que llevaron consigo la idea de la torre y de la adoración al sol.

Muchas naciones de la antigüedad adoraron al sol, personificado por uno o más de sus dioses, pero el Señor advirtió a su pueblo en contra de este culto, una clase de idolatría con la cual se relacionaron los Israelitas durante su permanencia en Egipto y por su contacto con los pueblos de Canaán y de Siria. A pesar de esta advertencia, Israel se fue detrás de estos dioses-soles paganos (2 Reyes 21:5; 23:5, 11).

El culto al dios Mitra, con un origen iranio, se extendió de forma asombrosa por el Imperio Romano, casi coincidiendo en el tiempo con el otro culto nuevo que habría de dominarle, el cristianismo. La imagen de un dios personificado en el astro rey, el sol, caudillo de las legiones del bien y de la luz que se enfrentan al mal y la oscuridad. Este origen claramente babilónico llagará, en su evolución, a convertirse en el dios de los legionarios romanos que lo llevarán consigo a los confines del Imperio, junto con los comerciantes.

“Mitra” significa “tratado”, por lo que representa el orden social y es el oponente de las divinidades maléficas y caóticas. Como divinidad del orden cósmico, el desenlace de las batallas está en sus manos. El sol está tan estrechamente ligado a él, que se convertirá en su representación natural. El primer contacto de Roma con la divinidad irania helenizada es recogido por el historiador griego Plutarco, quien nos narra cómo Pompeyo captura en el año 67 AC., a unos piratas cilicios que realizan extraños sacrificios. Estos piratas son los primeros en introducir el culto místico de Mitra en Roma. Pero la auténtica avalancha de seguidores de Mitra, fue en siglo I DC, cuando Capadocia y Comagene, incorporadas al Imperio Romano, comenzaron a dar un gran contingente de legionarios, especialmente durante el principado de Nerón.

El culto de Mitra se desarrolló en Roma, adquiriendo una gran fuerza, aunque nunca llegó a convertirse en religión estatal. A fines del siglo II DC, el emperador Cómodo se inició en los misterios mitráicos, con lo cual el culto se puso muy de moda. Dioclesiano, a comienzos del siglo IV, elevó la religión del Sol al rango de religión oficial del Estado, favoreciendo, de este modo, indirectamente a Mitra. No obstante, en el gobierno de Constantino, quedó ensombrecido el culto a Mitra por un repentino éxito del cristianismo, pero se produjo un sincretismo religioso y fusión de algunos símbolos de los cultos.

El culto de Mitra pregonaba que Mitra es el mediador entre Dios y los hombres; aseguraba la salvación mediante un sacrificio y el culto comprendía bautismo, comunión y ayunos. En el clero había quienes cumplían con el voto del celibato.

Por su parte, el culto al Sol Invicto, que era originalmente sirio, fue impuesto por los emperadores romanos a sus súbditos un siglo antes de Constantino. A pesar de contener elementos del culto a Baal y Astarte, era esencialmente monoteísta. En efecto, asumía que el dios sol era la suma de los atributos de todos los otros dioses. Armonizaba convenientemente con el culto de Mitra, que también prevalecía en Roma y por el Imperio en ese entonces, y también envolvía la adoración del sol.

El culto del Sol Invicto era muy parecido al culto de Mitra, tanto que se los confundía a veces. Ambos enfatizaban el elevado estatus del Sol. Ambos celebraban un gran festival del nacimiento el día 25 de diciembre, cuando los días comienzan a ser más largos. Como antecedente, en Egipto siempre fue creencia que el hijo de Isis, un hijo dios, nació precisamente un 25 de diciembre y esta fecha se mantuvo reservada para aquello a lo cual se ofrece culto. La influencia pagana hace identificar al Hijo de Dios, Jesús, con el Sol, y así se acomodó a esa fiesta pagana el día del nacimiento del Hijo de Dios, el 25 de diciembre, modificando solo la significación, pero manteniendo idéntico culto. La iglesia Romana paganizó y romanizó a Jesús. La incorporación del paganismo al cristianismo, está evidenciado claramente en el desplazamiento del descanso bíblico sabático que se venía observando (Éxodo 20:8-11) al primer día, el domingo, día consagrado por los paganos para adorar al dios Sol.

Por un decreto anunciado el 321 DC, Constantino ordenó que las cortes de justicia debían cerrar en el “Venerable día del Sol” – el domingo – y decretó además que este debía ser un día de descanso. Esto trajo armonía a la cristiandad con el régimen existente y permitió desligar a los cristianos de sus orígenes judaicos. El objetivo de Constantino era la unidad política, religiosa y territorial. Un culto o religión estatal que incluyera a todos los demás cultos, ayudaba en este objetivo. Así se intentó acortar las diferencias entre el Cristianismo, el Mitraísmo y el Sol Invicto y se intentó no ver ninguna contradicción entre estos cultos. Constantino toleró al Jesús divinizado, como la encarnación terrenal del Sol Invicto. Para él, la fe era una cuestión de política; y cualquier fe que condujera a la unidad deseada, era tratada con preferencia. Se impuso un criterio sincretista, asimilando fiestas, creencias, supersticiones, costumbres y mitos paganos, como patrimonio de la nueva fe, convirtiendo dioses locales en santos, vírgenes, demonios o ángeles y transformando ancestrales santuarios en iglesias de culto cristiano.